Yo y los Anuncios Por Palabras

En la oscuridad de los tiempos, cuando mi hermano y yo aun vivíamos en casa de mis padres, empezó la revolución internetera con los chats, descargas de música y demás. Al principio nos conectábamos al teléfono paterno y dejábamos incomunicada la casa horas y horas. Así que un día, después de una charla de mi padre acerca de los gastos derivados de Internet y bla, bla, bla, mi hermano y yo decidimos ponernos nuestra propia línea y tiramos cables de modem y teléfono a las dos habitaciones. Todo fue maravilloso en esos tiempos: Recibíamos y hacíamos llamadas sin que nos controlasen y, lo mejor, nos pasábamos horas y horas con el Internet conectado. Pero poco después me paso algo muy, pero que muy raro…

Una noche acababa de volver de juerga a eso de las cuatro de la madrugada y sonó el teléfono apenas acababa de meterme en la cama. Pegué un salto y descolgué antes que mis padres se despertasen. Era una voz masculina que preguntaba por Rubén. Contesté que se había equivocado y colgué. Al poco, el teléfono volvió a sonar y la misma voz a preguntar por Ruben, volví a decirle que se había equivocado. No bien acababa de colgar y desconectar el teléfono cuando mi madre entró en la habitación preguntando quién había llamado. Le dije que había sido una equivocación y mi madre me echó la charla por esas horas de llegar.

A la mañana siguiente, nada más levantarme, volví a conectar el teléfono. El timbrazo en mis manos terminó de despertarme. Esta vez resultó ser una chica joven que preguntaba, como no, por Rubén. Le dije que se había equivocado y  colgaron sin mas. Mientras desayunaba, una segunda llamada, pero llegué tarde y ya habían colgado. No hay nada que me inquiete mas que el que me cuelguen el teléfono: Igual era alguien con un buen plan, o alguien que me ofrecía un contrato millonario, o yo que se… lo que cuenta es que me jodia no saber quién era. Por la tarde de aquel domingo estuve conectado a Intener todo el rato, así que me quede sin teléfono aunque después comprobaba si había llamadas o mensajes: 16 llamadas sin mensaje.

Poco antes de acostarme sonó el teléfono. Al otro lado una voz que me daba ese feeling de aplomo falso. Como quien se lanza a la piscina helada diciendo: “Bueno, allá vamos, eh, allá vamos”. Y que me preguntaba cómo estaba y que si quería que quedásemos un poco en mi casa. Yo no tenia ni idea de quien era, pero también es cierto que soy un desastre para las voces. Le dije que no podía salir porque era Domingo noche, estaba hecho polvo de la juerga de la noche anterior y además, que le iba a decir a mis padres. El otro se quedó como transpuesto y me preguntó si mis padres estaban en la casa. Le dije que si, que era su casa. Colgó.

A lo largo de los días siguientes, a cualquier tipo de horas,  recibí mas llamadas de gente buscando a Rubén y mi hermano me preguntó un día, así como en plan confidencial, si había puesto yo un contacto para tener relaciones sexuales en algún periódico. Le dije que no y me contó que llevaba días recibiendo llamadas, tanto de hombres como de mujeres, preguntando por un tal Rubén.

Lo primero que pensé es que el numero de teléfono que nos asignaron perteneció antes a ese Rubén. Pero en la compañía de teléfonos, a pesar de que les expliqué el caso, se negaron a darme esa información. Cada día había mas intentos de llamada y una tarde, por fin, comenzó a hacerse la luz. Era un hombre que llamaba a Rubén y le pregunté a que numero llamaba. Era el mío, sin duda. Con un poco mas de confianza, le pregunté cómo lo había conseguido. Me dijo que lo había sacado del anuncio en el periódico El País en la sección de Relax. Aseguró tener mucha prisa y colgó.

Sabía que Lizan compraba aquel periódico. Le llamé y le hice revisar uno a uno todos los anuncios. De repente Lizan estalló en carcajadas. Allí estaba mi número de teléfono con un anuncio que jamás se me olvidará: Rubén. Caribeño. Ardiente. Superdotado. Cariñoso. Te espero. Lizan se burló de mi: Podría aprovechar y hacerme una cantera de clientes, porque me sacaría un dinerillo. Le dije que no, gracias, y colgué.

A las siguientes llamadas preguntando por Rubén les comencé a explicar que no se habían equivocado de numero, pero que allí no vivía ningún Rubén. Así estuve varios días, hasta que se me encendió la bombilla y llamé al trabajo a  Roc, quien también compraba el País. Le expliqué el asunto y le pedí que mirase los teléfonos para poner anuncios. Roc me dijo que, estando en el trabajo, a sus compañeros les parecería raro que consultara la sección de relax y que ya me llamaría desde su casa. Aquella tarde llamó una mujer preguntando por Rubén y me lancé a explicarle otra vez todo el guirigay. Roc, que era la mujer, soltó un “Diosss, era cierto”. La muy cretina pensaba que le estaba tomando el pelo. Una vez resuelta su duda, me dio los números y colgó.

A esas alturas era tanta la gente que llamaba a Rubén, ya fuera día, noche, madrugada o tarde, que mi hermano y yo optamos por desconectar el teléfono y encenderlo sólo para hacer llamadas. Mientras tanto, yo probaba a llamar a la sección de anuncios por palabras del País pero no había forma de conectar.

Cada vez que encendía el teléfono para hacer una llamada, tenía tropecientos intentos de llamada.

Por fin, un sábado por la mañana, conseguí comunicar con la sección de anuncios. Una chica de voz joven. Le expliqué el asunto y ella, al principio, pensaba que la estaba tomando el pelo: Cómo podía ser aquello. Al final, cuando me creyó, comenzó a darle la risa, y a mi también, pensando en todos los clientes que estaba perdiendo el caribeño ardiente y superdotado. Es más, la chica pensaba que no había un sólo hombre en la tierra que tuviera todos esos atributos a la vez.

La chica estuvo mirando los anuncios y al final descubrió que Rubén había puesto el anuncio poco antes de que comenzasen las llamadas. El teléfono era prácticamente el mismo excepto en las dos ultimas cifras, que habían dado la vuelta y eran mi numero de teléfono.

Cuando colgué, apunté el verdadero teléfono de Rubén. Qué hacía? Le llamaba para decírselo? Me imaginaba al pobre Rubén superdotado, ardiente, cariñoso, esperando junto al teléfono, triste al comprobar que tenia 0 mensajes y preguntándose qué era lo que asustaba a la gente: Era por su super dotación? O por que era cariñoso? Tal  vez por su origen caribeño?

Al final no hice nada. Me daba demasiado corte.

La mañana siguiente tenía un montón de mensajes y llamadas. Lizan comprobó en el periódico que habían rectificado el numero. Por fin!!

A partir de ese momento, en los días sucesivos, cada vez que llamaban preguntando por Rubén yo les contaba toda la historia y les daba el verdadero número. Cada vez que colgaba me quedaba con las ganas de saber si le llamarían o si pensarían que era una broma. Poco a poco el caudal de llamadas se fue convirtiendo en una gotera y después en la nada… Casi lo echaba de menos.

Aun así, hubo algunos rezagados. Un día llegue a casa a comer y mi madre me dijo que llamaron preguntando por Rubén. Me quedé de piedra y la pregunté que había dicho. Mi madre, ajena a todo desde el principio, me contestó que, como tenía el verdadero teléfono de Rubén junto al ordenador, que se lo había dado, y remató con una frase antológica: “Imagínate el pobre chico, la gente llamando para ofrecerle un trabajo y el teléfono equivocado”.

Para qué contarle la verdad? En el mundo de mi madre la gente es buena y punto.

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