AMSTERDAM (2 de 2)

David tenía una serie de Coffe Shops que había que visitar, y una lista de cosas por probar y preguntar. La verdad es que al final, a pesar de ver Coffe Shops por todas partes, uno acaba sabiendo cuales son los cutres (Como si dijéramos, para turistas que quieren pillarse una fumada brutal) y cuales molan. La primera noche, después de ver el Van Gogh, nos dirigimos al Coffe Shop más cercano: El Dolphin. Yo estaba emocionado, me sentía como esos españoles que, años ha, se acercaban a Francia a ver películas supuestamente guarras que en España estaban prohibidas. Y no debí ser el único: Dos de los tres Coffe Shops que visitamos estaban llenos de españoles colocándose. Y hay que reconocer que tiene un aire de decadencia, de ilícito, cuando entras en un bar de esos y huele a Marihuana que tira para atrás; y la lista de los gramos de marihuana y hachis me impactó. La madre de Sisa le había pedido que, por favor, no fuera a uno de esos fumaderos de opio de Ámsterdam y cuando Sisa le escribió una postal, empezó poniendo: Desde los fumaderos de opio… Y el resto de la postal haciendo espirales con las frases. Provocación nata.

El Dolphin en la parte de abajo estaba decorado como el fondo del mar, con sus algas, sus delfines, sus burbujas… David encargó una pipa de agua en la que puso una variedad que quería probar. Nos pegamos unas cuantas caladas cada uno y a mí me dio un subidón que te cagas: De pronto me encontré sin poder apartar la vista de las paredes. Cuando apareció un tío con una chaqueta llena de purpurina mi hermana preguntó si era lluvia, y yo me fui a ver la pared, cuando mas adelante alguien comentaba otra cosa yo volvía a las paredes. Teniendo en cuenta que las pipas de agua tenían luces abajo que iban cambiando de color, tenía horas de diversión. Y cuando Isabel comentó algo sobre unos tíos que saltaban en trampolín (También es algo curioso: En todos los bares tienen puesto siempre el canal de Real Live Sports) yo me reí y, al cabo de unos minutos, le pedí que me lo aclarase. Me lo aclaró, me volví a reír y, a los cinco minutos, estaba preguntándole mas cosas sobre los trampolines. A Sisa se le despertó la memoria y comenzó a contarme cosas de aquella semana que pasamos en Burgos en 1994 y yo me volví loco porque no recordaba nada. Pero eso no es nada en relación a lo que vendría después…

Cuando salimos a la calle decidimos buscar el barrio rojo. Al tercer canal que pasamos estaba seguro de que ya habíamos pasado por esa calle, cuando llevábamos como seis canales y seguía pensando lo mismo decidí que mejor no decir nada. Cierto es que nos perdimos unas cuantas veces y siempre acabábamos en la Plaza Dam, pero a esas alturas yo estaba pensando que esa calle en la que estábamos era igual a la calle comercial de Sitges… Y la veía tal cual. Y mas adelante pensaba que esa otra esquina era clavada a tal sitio en Bilbao… Y volvía a verlo. Que hubiera tiendas de Zara no me ayudaba mucho.

Pero el punto culminante del colocón llegó cuando, ya en el barrio rojo, quisimos tomar una cerveza y entramos en un bar llamado Corso. Según entramos yo solo veía tíos, solo hombres que nos miraron raro al entrar, y que hablaron con el camarero que nos miró y habló con los de la barra. De pronto pensé: Zas, es un bar gay y no quieren a mujeres aquí. Así que solté: Es un bar gay, vámonos, vámonos. Empujé la puerta y salimos al exterior. Ya sentados en otro bar, David dijo que había visto a mujeres en aquel bar, y que incluso había una pareja de chico y chica besándose, pero que fue tal mi poder de convicción que no pudo menos que seguirme fuera del bar. A la mañana siguiente, cuando pasamos por delante del bar Corso, de gay tenía lo que yo de budista. El colocón se me paso tomando una mini coca cola en un bar y viendo el canal de Real Live Sports, viendo a unos señores muy grandes levantando ruedas de camión, cubos de cemento, haciendo flexiones con motos de nieve… Dios, lo que se aburren en estos países que se les ocurren los deportes más jilipollas que ha parido madre.

La primera noche se completó con una visita a un restaurante exótico en el que todo estaba muy bueno, con salsas de cacahuete y tal, pero no recuerdo si era un bar Tailandés o nepalí. Pero estaba bueno. Y lo mejor es que el día siguiente me acordaba de todo!! (Bueno, de la nacionalidad del restaurante no, pero es lo de menos).

A la mañana siguiente, acompañamos a David al Bulldog, el primer Coffe Shop de Ámsterdam. Tenía el mismo aspecto a las once de la mañana que el de las doce de la noche: Ambiente penumbroso, olor a marihuana y tíos tirados. Y el canal de Real Live Sport, por supuesto. Allí nos tomamos unas bebidas energéticas y David se pidió un líquido sacado de unas setas. Sabía como a medicina mala y de pronto le entró un calor brutal y se puso rojo fosforescente, pero nada más. También nos compramos unas setas que, nos dijeron, tomásemos con el estomago vacío. David se quedó un poco ploff cuando las setas no hicieron mucho más que darnos la risa, aunque yo me lo pasé muy bien porque me miraba en los cristales y tenía todo el rato una sonrisa de oreja a oreja. El Bulldog al final era un negocio que te cagas, porque en la misma calle tenían diversos locales: La tienda del merchadising, el café tal cual y otros locales que no recuerdo.

Aquella tarde nos metimos en un parque y nos tomamos un par de setas más. Sisa, después de la comida en el italiano (Que, por cierto, estaba tomado al asalto por unas ruidosas y pijas españolas de despedida de soltera, con la pobre novia llevando unas oreja de conejo y con bigotes pintados en la cara), comenzó a tener un subidón de las setas, o del vino o yo qué sé, la cuestión es que se le puso toda la cara roja y, a la salida del restaurante se puso la bufanda sobre la cabeza y afirmo vestir (sic) como una arabesa, y un poco más allá dijo (sic) ser una mora total. A mi me daba la risa tonta, y así llegamos al hotel.

Mas tarde, ya cuando anocheció, salimos en busca del Vulcanizador que ofrecía un coffe llamado Amnesia; por el camino nos dimos de bruces con la casa de Anna Frank y la estatua conmemorativa. Pos fales. Y cuando llegamos al Amnesia pedimos un vulcanizador y, como yo tenía el antojo, un bollito de marihuana. El vulcanizador hace no sé qué con la marihuana y llena de aire una bolsa como de aspiradora. Con eso te metes unos tiros y te lo pasas bomba. Había españoles, claro, y gente que se caía redonda al suelo al intentar levantarse. Por lo demás, el sitio molaba mucho, la música molaba, molaban los batidos (Bueno, el batido de chocolate de mi hermana era de botella y lo único que hicieron fue ponerle una triste pajita) y nos pillamos un punto de reírnos de todo.

Y a estas alturas, el día no dio más de si; nos fuimos a tomar una cerveza a un bar lleno de gente jugando al billar y viendo real live sports y después es cuando fuimos de compra de souvenirs y yo me emperré en tomar esas patatas que manchaban tanto los dedos.

A la mañana siguiente, a las siete, mi hermana y yo nos levantamos para coger el avión de las 10:15 rumbo a Madrid. Como siempre, Iberia nos jugó la pasada y nos retrasó el vuelo a las doce y cuarto… casualmente el siguiente vuelo que tenían programado para Madrid y que cancelaron para llenar con la gente de las diez, o sea: Nosotros, y los de las doce y cuarto. Iberia nunca falla: Es lo puto peor y esta vez tengo que poner una reclamación en su pagina y en la de Aena; sé que no me van a dar un duro, pero el poder ponerles a parir ya basta para mi infantilidad.

Eso si, yo quiero volver a Ámsterdam para volver a ver sus canales, comprar bulbos, esquivar bicicletas y recorrer más Coffe Shops!!!!

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