Tokyo 1 Llegada

Te bajas del tren que lleva del aeropuerto de Narita hasta la estación de Tokio Central, es cuando te das cuenta de que ya estas en Japón. Olvida el rollo burocrático de la fila de inmigración, donde me han cogido las huellas y hecho una foto espantosa. Y también olvida la cola para hacer operativo el Japan Rail Pass que nos va a servir para coger trenes de un lado a otro. No, es cuando llegas a Tokyo Central cuando ves a un montón de gente de un lado a otro, y escuchas las megafonías en ese idioma que has oído en un montón de películas y que aquí parece la norma: La primera impresión es que es un sitio atestado hasta la saciedad, hay mogollón de gente. Todo está, lógicamente, en japonés y es supercolorido.
Carmen es una viajera de pro y se ha empollado el mapa de las líneas de metro y cercanias. Hay dos líneas privadas de metro y luego una de cercanias que es para la que nos hemos sacado un pase. La gente va con unos móviles muy largos, escuchando música o escribiendo mensajes, cada uno en su universo. Nosotros nos sentimos fuera de todo aquello mientras pasamos las estaciones bajo tierra y de golpe salimos al exterior. Por fin podemos ver la ciudad! Edificios altos, calles atestadas de gente y coches. Muchos estímulos visuales, por todas partes, que llenan las fachadas de los edificios. Lo más alucinante para mí en este momento: Las vías del tren van sobre puentes.
Nuestro primer hotel está entre Ueno y Akihabara. En el camino hasta el hotel vemos un montón de bares y de comercios. Una cosa es lo que te cuentan y otra la que ves, y te das cuenta que lo que te cuentan siempre se queda corto. Llegamos al hotel. Es un Ryokan, un  hotel típicamente japonés donde tenemos que descalzarnos al entrar en la habitación, dormir en un tatami; hay una mesa  baja de te, y nos dan unos Yukatas, unas batas, para estar cómodos, pero nos remarcan que son de préstamo y que sólo nos lo podemos llevar previo pago. El retrete esta encerrado en una especie de armario ropero, pero vaya mierda, no es de los modernos con botones y chorrito de agua. La bañera y la ducha por un lado, el lavabo por otro. Paneles movibles que separan el salón del dormitorio. Luego tenemos un Ofuro en el tejado: Es un baño de agua muy caliente que te deja como nuevo cuando tienes el frió metido en el cuerpo y en los días siguientes nos será muy útil.

Nos chutamos café para aguantar y a la calle a conocer Akihabara… Y me digo que estoy en otro mundo: Edificios muy altos. Mogollón de tiendas de electrónica, edificios enteros dedicados a videojuegos o comics. Fachadas enteras dedicadas al manga, a videojuegos, a la publicidad. Gente en las esquinas que publicita lo que venden.  Música y ruido por todas partes. Es como una sobre exposición a todo tipo de estímulos. Hay chicas vestidas de doncellas o con aspecto llamativo que te quieren llevar con ellas a su bar. Aun no lo sabemos, pero acabaremos yendo con una de ellas días después. Tanto en el metro, con en la calle, hay cantidad de gente con mascarillas. Será alergia? Gripe? Será que hay una pandemia en marcha y no me he enterado??

Como Akihabara será nuestra base de operaciones y nos cansaremos de verlo, nos montamos en el metro de nuevo para ir a conocer el barrio de Shinjuku. Me doy cuenta que en algunas de las estaciones de metro se escuchan como politonos, y cada estación parece tener el suyo. Algunos son pegadizos.

No veo mucha diferencia entre Akihabar y Shinjuku, aunque aquí hay calles mas estrechas, muchos mas bares. Hay escaparates en algunos restaurantes que enseñan reproducciones de plástico de sus platos. Joder, si es que parecen de verdad! Pasamos delante de un sitio de Pachinko y veo a un montón de gente pegadas a sus maquinas.

Cenamos sushi en un bar lleno de gente bebiendo whisky en jarras. Todo lo que hay en la carta me apetece, pero esta gente se lanza de lleno al Sushi.
Cuando son las once de la noche ya no podemos con nuestro cuerpo.

Llevamos no se cuantas horas de viaje y dormir en el avión no llena tanto. Así que tomamos de nuevo el metro, con sus asientos corridos y forrados. Y descubrimos que tienen calefacción por debajo, lo que nos da un sueño del copón.

De regreso al hotel. Nos cruzamos con bares pequeños que hacen esquina, con tíos trajeados que beben y comen sentados en taburetes y sin mirar al de al lado. Las calles grandes siguen llenas de vida, música y ruido. Imposible que nadie viva por aquí. Es en una calle paralela cuando vemos las pequeñas casa de dos o tres pisos, con un montón de plantas en la puerta, todo como muy tranquilo y como de pueblo. Y es el primer elemento paradójico de Japón: Sólo un par de calles y dos mundos completamente distintos.

Aun así, una cosa es contar la ciudad y otra verla. Tokyo es un exceso de luz, sonido, gente, imagen… todo rápido y a la vez.

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