Tokyo 2 Parque Yoyogui – Shibuya

Nos levantamos rápidamente y corriendo al buffet  libre del desayuno. Yo me lanzo a la “sección japonesa” alternándolo con el desayuno continental de toda la vida. El problema es conseguir algo de comida en el cuartito donde la han puesto: Es minúsculo y hay dos mesas llenas de comida, alrededor de las cuales todos damos vueltas con nuestros vasos y platos como patos mareados. Es una lucha pero se consiguen unos boles de arroz y sopa de miso. Y si soy rápido hasta puedo repetir.
Hoy vamos a un parque llamado Yoyogi, que al ser Domingo estará lleno y, según las guías, no hay que perdérselo. Primero pasamos de  nuevo por Akihabara y las tiendas están a punto de abrir, por lo que ya hay algunos tipos remoloneando por las puertas.

Hoy vamos a un parque llamado Yoyogi, que al ser Domingo estará lleno y, según las guías, no hay que perdérselo. Primero pasamos de  nuevo por Akihabara y las tiendas están a punto de abrir, por lo que ya hay algunos tipos remoloneando por las puertas.

Una vez en Yoyogi (El chiste de esta gente era que Yoyogi vivía en Yeyellowstone) nos vamos a ver el templo Shintoista que hay allí. Bueno, no está mal pero hay demasiada gente, turistas que se amontona alrededor de una boda en plan paparazzi. Yo soy la novia y les mando a todos a la mierda. Luego nos perdemos por el parque, cada vez hay más gente. Y lo más flipante: Está lleno de cuervos inmensos. Así como en Madrid las palomas ejercen presión social sobre los gorriones, aquí son los cuervos los que se las ajustan a las palomas y a los gorriones. Al final te acostumbras a ver cuervos por todas partes, pero el primer impacto visual no te lo quita nadie.

Según la guía, en Yoyogi siempre puedes encontrar a grupos de todo tipo, pero tal vez sea demasiado pronto y los grupos estén aun formándose, aunque ya podemos ver a gente con esa nueva moda de simular que desfilan por pasarelas, se ponen música y comienzan a caminar unos tras otros como si estuvieran enseñando modelos… Lo más alucinante no es verles, sino que van en fila india y parece un ciempiés multicolor; también podemos ver a una tía haciendo el hulahoop con todas las partes de su cuerpo. A su lado un tío vestido de tía le da vueltas incesantemente al hulahoop de su cintura. Y el grupo mas delirante hasta el momento: Gente que lleva a sus conejos (los de verdad) tuneados con jerseys de rombos, pajaritas, y les soltaban por un prado como si fueran perros. Los conejos corriendo histéricos de un lado a otro mientras todos haciendo foto como tontos.

La jefa del grupo del Hulahoop nos dice que es pronto para ver a los Rockabilly y a los que hacen Cosplay y que volvamos más tarde. Así que decidimos ir a conocer Shibuya, que aunque recuerda a otros barrios es más moderno y abierto, con edificios con forma de robot y un inmenso centro comercial conocido como 109. Pasamos por la estatua del perro Hachiko, un equivalente al Oso y el Madroño en Madrid, porque está rodeado de gente esperando. También vemos el cruce de Shibuya, en el que tres semáforos, que conforman un triangulo, se ponen en verde a la vez y cientos (miles en los días buenos) de personas cruzan de un lado a otro. Mola porque la gente se entrecruza pero no se estorban al pasar, algo que si hacemos los turistas que no estamos acostumbrados a esos mogollones y resultamos como moscas cojoneras.
Después una visita rápida a una tienda de mangas, animes y muñecos llamada Mandarake, a tres pisos bajo tierra. Yo flipo y me compraría todo, pero me impongo contención. Y después, por fin, vamos a comer a un restaurante de Ramen, lugares de comida rápida con boles llenos de sopa y fideos.

En la puerta del bar elegido había una maquina que no paraba de hablar con voz chillona, no sé muy bien qué decía pero uno tenía ganas de pegarle un tiro al altavoz. Sobre la maquina hay fotos con los platos. La gente metía el dinero y seleccionaba un plato y una bebida. La maquina “cantaba” lo que habían elegido y daba unos tickets con los que la gente entraba en la tienda. Nosotros, como los simios de 2001 ante el monolito, mirábamos con cara de jilipollas ese cacharro que soltaba música y tenía diarrea verbal. De vez en cuando la “canción” chillona era sustituida por una voz de hombre, supongo que nos decían que estábamos formando una cola brutal con nuestra indecisión y que nos diéramos prisa… Y cierto es que había un montón de gente detrás nuestro pero, como son tan majos, no querían molestarnos.

Al final nos animamos y, cada uno con sus tickets, entramos. En la puerta nos saludo una tía y los camareros la imitaron a coro. Así con cada cliente. Te sientas donde puedes, le das tus tickets y ellos te dan la comida y la bebida a cambio. Supongo que sera una forma para que los empleados no se queden dinero. Cuando ya todos tuvimos nuestros boles, nos dimos cuenta que lo que habíamos escogido, todo cosas diferentes, se parecía como dos gotas de agua… No sé, pero a mi me supo a gloria y le eché todos los condimentos que había en la barra. A mi alrededor la gente joven pedía, comía un poco y se iba, todo como muy moderno y anoréxico.

De vuelta al parque Yoyogi: Por fin estaban los rockabillys, borrachos como cubas y bailando lo que ponían en un radiocasete. Gafas negras, tupes imposibles, pantalones ajustados y camisetas negras. Los tipos aquellos serían rockabillys de pro, pero juro que uno de ellos hizo breakdance en el suelo y que bailaban a Texas. El más borracho de todos iba sin camiseta, con un abrigo de piel sintética de leopardo y cuando terminaba de un trago una lata de cerveza la tiraba hacia atrás, sin preocuparse a quién le daba.
Ya había un montón de gente bajo los árboles, ocupando lonas de plástico. El nivel de alcohol en sangre era más que elevado. Vimos a tres jóvenes tocando la guitarra en plan Jonas Bros mientras otro grupo de chicas adolescentes aplaudían a rabiar. Otro grupo estaba haciendo cosplay de algún anime, muchas pelucas azules y babys rosas. Bailaban las canciones del anime con ánimo adrenalinico. Agotaba verles. Más allá unos saltaban a la comba, otros se desnudaban, algunos cantaban, otros daban mucho asco…

De vuelta al metro, el primer grupo de Rockabillys borrachos ha sido sustituido por un grupo de Rockabillys multicolores que interpretan complicadas maniobras siguiendo música ad hoc, pero hay demasiado desapasionamiento, demasiada intención de interpretar las coreografías al pie de la letra. Casi molaba más el grupo anterior.

En la puerta del metro hay dos tipos con carteles ofreciendo Abrazos Gratis a chicas; y jovencitos y no tan jovencitos en plan Cosplay (Aunque para mí que se habían vestido con el fondo de su armario) y dando vueltas para que la gente se haga fotos con ellos.

De regreso a Akihabara, un paseo por un inmenso centro comercial junto al metro. Es increíble: Siete plantas llenas de aparatos audiovisuales. Y aunque es el mismo comercio, parece más bien un mercado: Los vendedores gritan, dan palmadas para llamar la atención sobre su producto. El más osado se ha subido a una silla y anuncia sus productos con un megáfono: Todo a lo grande, por qué hacerlo a lo pequeño si a lo grande también se puede. Yo quería comprar cd’s y me subí a la ultima planta, pero los puñeteros los habían puesto de canto y como no tengo ni idea de japonés y no era cuestión de ir sacando todos, pues lo deje por pereza.

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