Tokyo 5 Kamakura – Tienda Ghibli

Yo quería ir a Kamakura desde el día anterior, cuando localice a los catalanes que me habían puesto el facebook del ordenador del hotel en catalán… pero les perdone todo al ver una camiseta que llevaba el tío de Astro Boy. Total, nos pusimos a hablar de tebeos y muñequitos y demás y me acabó contando que en Kamakura había una tienda oficial de Ghibli justo al lado de la estación de cercanías. Se me encendieron los ojos!!! Problema, Kamakura estaba a una hora en cercanías de Tokyo. Cómo ir allí? Pero cuando le comente a Carmen lo de la tienda que había y que igual me iba a verla, Carmen se puso a leer su guía del Lonely Planet y descubrió que tenía un montón de templos por metro cuadrado, y que estaba a una hora en cercanías desde Tokyo, así que ella se apuntó a la excursión, al igual que la mayoría.

Nosotros sacamos ya los billetes para el tren a Kyoto del día siguiente. Luego nos perdemos en la estación de Tokyo central porque aquello es un caos, un maremagnum de gente para un lado y otro, y muchas flechas señalando en un sentido que, de pronto, desaparecen como por magia. PEro al final conseguimos llegar al andén adecuado.

Según la leyenda, los japoneses no saben decir no. Y aquí tuvimos nuestra primera demostración cuando llegó un tren desde el aeropuerto de Narita y allí se divide en dos y una parte del tren va en un sentido y la otra, lógico, en la contraria. Total, que preguntamos a un revisor si alguno de esos trenes va a Kamakura y el revisor nos cuenta que uno va a tal sitio y el otro al otro tal sitio. Ya, gracias, pero alguno pasa por Kamakura? El revisor se azora y nos cuenta que ese tren viene del aeropuerto de Narita. Insistimos por tercera vez, a pesar de que los trenes ya se han ido. Y acaba sacando una guía de horarios y nos dice que el siguiente tren a Kamakura parte de esa línea en cinco minutos. Y luego se va.

Llega el tren y hay un reemplazo de azafatas diligentes. Le preguntamos si ese tren va a Kamakura y nos dice que si. Nos subimos y ella parece un poco extrañada. Nosotros, que ya creemos que los pases de JRP nos abren hasta las puertas del cielo, le enseñamos nuestros pases y entramos en el vagón, completamente vacío y súper cómodo. Cuando salimos de la estación, la azafata nos pregunta de nuevo dónde vamos y le decimos que a Kamakura. Hay algo que no marcha bien, pero no es capaz de decírnoslo por no incomodarnos, así que se marcha y la vemos de vez en cuando, empujando el carrito de bebidas y comidas. Dejamos atrás la urbe y van apareciendo las casas bajitas, algunas con jardín. Es un paisaje verde y mucho más hermoso, aunque de vez en cuando un inmenso edificio de oficinas o un mega bloque de casas rompe la monotonía. Lo extraño es que pasamos por un montón de estaciones donde se monta gente, y nuestro vagón sigue vacío. Es matemáticamente imposible que si entran mil en un lugar de 800, tengamos el vagón sólo para nosotros.

Y es cuando llegamos a Kamakura que descubrimos que estamos en un vagón Green, que es súper pijo y al que no teníamos ningún derecho. La pobre azafata lo sabía y no pudo decirnos que no podíamos estar allí.

Aunque el día no acompaña, Kita Kamakura, la estación anterior a Kamakura y de donde sale la “ruta de los templos” es una gozada. Hay mucho silencio, muchos árboles, muchos riachuelos. El camino sube y baja por tierra, en medio de un bosque. A veces hay escalones en la tierra y, la mayor parte, son las raíces de los árboles las que forman los escalones. Una pasada. De vez en cuando nos juntamos con algún japonés y nos saludamos todos con asentimientos de cabeza. Vamos pasando uno, dos templos, pero como en Kyoto nos vamos a hartar de verlos, pasamos de pagar y entrar. Nosotros queremos ir al Buda gigante del templo Deibutsu, y las flechas nos van marcando el camino. Comienza a llover un poco y a hacer viento. Pero da lo mismo, el sitio es tan chulo, hay tanto silencio, mola tanto subir y bajar que uno piensa que, de existir Totoro, tiene que estar por allí. Como no sabíamos de su existencia en ese momento, nos perdemos un templo que servía para lavar dinero, no en plan blanqueo sino que la gente llevaba allí a lavar su dinero pensando que dinero limpio, atrae mas dinero. Llegamos a un pequeño templo con Emas en todos los idiomas, y hay una fuente para purificarse con el agua saliendo de la boca de un dragón. Cristina dice que se fijó el día anterior y que no sólo hay que coger agua con el cazo del “abrevadero” y echarlo en las manos para lavarlas, sino que también hay que coger agua del abrevadero, echarse un poco a la boca y escupirla en las rocas negras que hay alrededor. Lo hacemos, pero después leemos que, en fin, la próxima vez el agua la coges con TUS MANOS del chorro que sale de la BOCA DEL DRAGON. Como estamos en un sitio sagrado, nos hemos librado de cualquier infección tipo gingivitis o mononucleosis.

Nosotros seguimos y el buda no aparece por ninguna parte, coño. Nos encontramos con dos americanos que iban emporrados o borrachos porque se descojonan vivos, y nos dicen que hay que seguir adelante y que es espectacular. Bueno, al final descubrimos que podíamos haber ido por la carretera y habernos evitado el monte, pero qué demonios que el monte mola aunque sea mas chungo.

El templo es la leche, si, y el buda inmenso recortado contra las montañas verdes impresiona. Pero hay demasiada gente y uno no consigue desconectar. Hay amuletos para todo: Un deseo, una vida feliz, esto y lo otro y hay uno que me llama la atención: Para evitar accidentes de trafico. Estoy pensando en sacarme el carné de conducir, así que igual me lo pillo por si acaso. Pero Carmen me dice que en Kyoto nos vamos a hartar de ver templos y amuletos de esos.

Vamos adelante y a comer. Nos metemos en un sitio donde la dueña atiende todo a la vez y está muy estresada. LE pedimos de comer y unas cervezas para beber. Suelta “biir nooooo”, y es que la buena señora es de Jehová o de alguna secta de esas raras porque tiene todo el mostrador lleno de la historia del perro Hachiko, de la Biblia de los jehovas y cosas de ese estilo. Así que agua del grifo para todos.

Como carne frita por primera vez en días, echaba de menos el sabor aunque este un poco quemada. Empezamos a buscar la tienda del Estudio Ghibli que está al lado de la estación de cercanías. Llueve cada vez más, y yo empiezo a pensar que sería una putada irme sin ver la tienda pero que tengo detrás mío a cuatro personas que se están calando por mi culpa. Preguntamos a un joyero por la estación y nos dice que más adelante, luego le pregunta por la tienda de Ghibli con mi ingles macarrónico y no tiene ni idea. Es más suelta un “I don’t Know” que rompe la maldición de los japoneses no saben decir no, pero igual es que no saben decirlo en japonés. Cuando llegamos a la estación de cercanías me acerco a preguntar al cincuentón de las taquillas por la tienda, tiene que estar por ahí cerca. El tipo este, con su mascarilla puesta, no tiene ni idea, pero no es capaz de decir que no, así que yo voy dando más datos: Miyazaki? Totoro??? Nada, me mira fijamente sigue sin responder, pero respira muy rápidamente ya que su mascarilla se hincha y deshincha a toda ostia. Silencio y miradas fijas entre los dos. Al final claudico: No importa, me largo. Comienzo a pensar que jamás encontraré la tienda Ghibli hasta que doy con la oficina de turismos donde dos señoras muy majas que no tienen ni idea de ingles me indican donde esta, no en el lado de la estacion que yo buscaba, sino en el otro: Pasando bajo un arco rojo hay una calle comercial. No me lo puedo creer, me entra tan buen rollo que hasta parece que ha salido el sol.

La tienda no es nada del otro mundo, cierto, y el sonsonete de Totoro suena una y otro vez y acaba irritando. Pero hago unas compras y luego, aprovechando que estoy solo, me meto en una tienda que sólo venden pinganillos para colgar de los móviles. Hay cientos de miles. La tienda de al lado: The Character Shop, va sobre muñequitos de personajes pero no veo nada interesante aunque el comprador compulsivo pega botes en mi interior.

En el viaje de vuelta, como los asientos de los trenes tienen calefacción debajo y dan calorcito, nos quedamos dormidos.

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