Kyoto 4 Nara

Toca hoy el turno de Nara, a unos kilómetros de Kyoto. Su concentración de templos y lugares que visitar la hacen un destino apetecible, aparte del reclamo de los ciervos sueltos, y por eso durante todo el día estamos rodeados de un montón de gente.

El lugar es hermoso, pero reconozco que tanta gente alrededor me acaba desconectando del lugar. No es como ocurrió en Inari, el momento hipnótico de avanzar entre las filas de toris, sin más compañía que mi hermano y Carmen, y luego descansar y ver Kyoto cada vez desde más alto… Eso me llegó mucho más.

El camino hasta Nara es muy chulo: Casas bajas, pueblos pequeñitos y mucho bosque de bambú que me parece la mar de socorrido para cualquier tipo de paisajismo. Por el camino vemos casas particulares que tienen sus plantaciones de bambú.

Tardamos en llegar más de lo que debíamos, pero todo se debe a la amabilidad de los japoneses, ya que estábamos bajando al andén para coger el tren rápido a Nara, mientras que el que estaba en el andén era un tren local más lento y que ni siquiera llega hasta Nara sino que se queda a mitad de camino. Bajamos las escaleras al andén entre los cientos de personas que salen del tren y abarrotan las escaleras. El revisor nos ve y hace parar a todo el mundo para que nos haga un pasillo y entremos en el tren. No podemos decir que no y entramos. Las puertas se cierran y nos aprisionan en el tren lento, pero cómo decirles que no con todo lo que se han molestado.

La salida de la estación de Nara es descorazonadora: Edificios grandes, obras, mucha gente. Después del camino visto desde la ventanilla, tan tranquilo y verde, esto es como encontrarse de golpe en medio de Mostoles.

Una guía que “sabe ingles” nos indica el camino a los parques y los templos. Para indicarnos que un cherry Tree cuelga en vez de estar erguido, se pone a hacer gestos: Not Up (brazos arriba y erguidos) Falling tree (brazos para abajo y laxos)… Parece un movimiento de pilates y se convierte en el chiste tonto del día.

La subida por las calles llenas de venta de souvenirs es lenta, hay un montón de cerezos en flor por todas partes, lo que alegra la vista a cualquiera. Primero visitamos una pagoda y es cuando aparecen los ciervos. La imagen que uno tiene de ellos es la de Bambi, pero más bien debería ser de una rata o una paloma porque son como una plaga, o como una cabra porque comen de todo. Son voraces y no dejan un minuto de descanso. Cuando te acercas a ellos te miran como con rayos x en los ojos, para detectar si tienes algo que comer para darles… Les vemos acosar y atacar a mujeres y niños sin ningún pudor. Hay carteles explicando los cuatro golpes esenciales de los ciervos: Mordisco,  patada alta, patada trasera y, mi favorito, golpe en la parte trasera de las rodillas. En el cartel, como victimas, sólo aparecen ancianas y niñas con coleta… Supongo que el resto está exento de los ataques??? Pues no, porque veo a los ciervos rodeando a un turista alemán bien fornido, metiendo los hocicos en los bolsillos de su chaqueta. El método que tiene para apartarles uno de los vendedores de los chiringuitos parece sacado de experiencia de años: Echarles un vaso de agua a la cara. Le deja un gesto de “Qué pasó??” y les desorienta el tiempo suficiente para escapar.

Deben tener carencia de hierro en su dieta, porque veo a unos cuantos mordisquear cadenas que rodean monumentos.

Siguiendo el rastro de los turista dejamos atrás la primera pagoda y nos encontramos el “Cherry tree not up tree falling”, que está chulo pero tampoco es para tirar cohetes. Más tarde acabamos ante un buda inmenso en un templo que fue de un tamaño tres veces superior al que vemos ahora, así que debió ser como la leche en bote ya que este es inmenso. El ruido del interior es un rollo, los flashes imparables. Y a mi aquel Buda me mola, pero me gustaba más el de Deibutsu, que es inferior en tamaño pero superior en esa localización exterior rodeada de árboles. Durante la guerra, por temor al expolio y a los bombardeos, el Buda fue desmontado y llevado a un lugar mas seguro en las montañas… Esta anécdota dio pie al trabajo del que fue fotógrafo “oficial” de Nara después de la guerra. Pero ya llegaremos a esto.

Hay una inmensa viga de madera en el suelo, con un agujero en medio que es del tamaño de la nariz de Buda, si atraviesas esa viga consigues la iluminación. Mi sentido del ridículo hizo que aun permanezca a oscuras, porque había demasiada gente observando si uno fallaba o no. Paso.

Después nos vamos a un jardín japonés que era de un tío rico que llevaba allí a poetas y políticos y demás. No está mal, pero para su precio resulta caro y no aporta nada. Hay un museo al lado, pero no interesa mucho y, además, el tiempo corre en contra.

A estas alturas ya no sé qué nos queda por ver, cómo se llama cada templo, sólo voy siguiendo el camino y a los turistas y esquivando a los ciervos, quienes se acercan a ti como gitanos viendo si te pueden tangar o no. Adiós, mito de Bambi, adiós para siempre.

La ascensión hacia los últimos templos me resulta muy hermosa: Un paseo rodeado de pequeños templetes llenos de musgo, árboles altos con retorcidas raíces al aire. Era lo mismo que me encantó de los paseos en Kamakura e Inari, pero aquí me saca porque la gente es un rollo, y los ciervos ni te digo.

Nos separamos en dos grupos y nosotros bajamos al templo que nos falta, que no nos aporta nada, y luego al museo fotográfico de Nara. El edificio es la repera: Con elementos antiguos, representando un templo, integra agua y mármol para crear un lugar perfecto y que, además, está casi vacío. Nos tomamos un café en una cafetería de diseño y luego bajamos a conocer la obra de Irie Taikichi. La historia es que este tío fue herido en la segunda guerra mundial y, tras esta, supo que se iba a reponer el Buda inmenso en su templo, pero que los americanos estaban como locos por llevárselo. Así que como recuerdo del Buda, se puso a hacer fotos de su reconstrucción. Al final lo de los americanos era un bulo, pero el buen hombre descubrió que le molaba eso de la fotografía y siguió haciendo fotos casi exclusivamente de Nara. Vale, pues la historia mola pero las fotos no pasan de ser postalitas. Algunas bastante pastelosas y demás. Mola mucho la parte que corresponde a la Nara antigua, la Nara preturistica; las calles de entonces, los tranvías y, sobre todo, unos templos que eran para uso y disfrute de los lugareños, y no para que fuera todo el mundo a verlo. Su conservación era peor, sus pinturas y demás más cutres pero mucho más autenticas. Por cierto que jugando con los reflejos del agua, había en la planta baja unas increíble sillas súper diseñosas y estilosas para que la gente se sentara y, a trabes de la inmensa cristalera, observar el agua. Todo muy resultón.

Esa  noche hay fiesta en el sotano de hotel. De camino al ofuro vemos una sala llena de tios vestidos de traje y sentados en el suelo, comiendo y bebiendo. Poco después empieza el karaoke.

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