Mijayima 1 Día

La salida de Kyoto bien, la llegada a Hiroshima también, con trasbordo a un cercanías para ir en ferry a la isla de Mijayima. El transito molaba, con el viento y el sol que hacia.

Miyajima era más grande de lo que pensaba. Me había hecho a la idea de que en la isla sólo había templos, un hotel pequeño y una estación de ferry. Pero no, hay varios hoteles, bastantes casas… Algún templo y un huevo de ciervos.

Nos subieron al hotel en coche porque estaba un poco apartado. Nos dijeron que el check in era a partir de las tres y que era el tea time. Nos hicieron un te verde espumoso y guardaron nuestros petates en un armario, así que nos fuimos al teleférico que nos llevaba a lo alto de la isla. En el camino hacia arriba vas descubriendo una isla muy verde que cuando te lleva cerca de la cima es como un autentico paraíso: Donde mires hay islas pequeñas y mar y bosques. Había un montón de carteles avisando de que el trato con los monos salvajes del lugar podía ser un poco complicado: No les mires a los ojos, no dejes nada a la vista… coño, daba miedo. Pero luego no vimos un solo mono, o estaban de vacaciones o los ciervos se los habían comido.

Siguiendo el sendero del monte Minsen, llegamos a un par de templos pequeños y al lugar del caldero eterno (O el fuego eterno, que no me enteré muy bien) que estaba encendido desde el años 700 nada menos. Había que entrar y estar allí un rato, y salías con olor a humo y los ojos llorosos. En el caldero eterno estaba hirviendo la sopa eterna y la gente cogía unos cazos y se echaba la sopa en un bol y bebía. Yo no podía ser menos, claro. Aquello era agua sin más, y ni siquiera estaba muy caliente.

Luego empezaba el descenso hacia el río. El paisaje era chulo, el descenso era cuesta abajo. Sin problemas: Bueno, había cientos de miles de escalones y tenías que estar mucho tiempo mirando hacia abajo para no darte un ostión. Y de vez en cuando te parabas y mirabas a tu alrededor: El paisaje molaba pero el dolor de piernas aumentaba. En el tramo final, allá por los tres millones de escalones, se escuchaba el río y, a lo lejos, el tañer de una campana en un templo: Zen total.

Cuando llegamos al final del camino, el templo estaba amontonado sobre si mismo y pegado contra la montaña. El tañido que escuchábamos no era la llamada a algún oficio, como yo pensaba, sino los turista que daban golpes a la campana. Este templo me gustó mucho, porque estaba tan amontonado que tenía todo junto y algunos rincones muy chulos.

Después el descenso al pueblo, hacia el famoso torii flotante. La marea estaba bajando, así que siguiendo a la gente hicimos el canelo y pagamos la entrada a un templo que “flota” sobre el aguas, pensando que era la forma de bajar al Torii. Pero no, no era esa. Se podía bajar por otras partes. Este templo no aportó nada, ni siquiera fotos interesantes. Y bajamos al torii. Habia mogollón de gente buscando almejas o cosas marinas de comer. Luego todos se hacían fotos con el torii. Era un poco coñazo, imposible conseguir una foto del torii a solas. Lo más curioso era la costumbre de tirar una moneda a un travesaño del torii, si la moneda se quedaba en el travesaño no sé qué se conseguia. Yo deje allí una moneda de 25 yenes, aun estoy esperando que pase algo.

 

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