Tokyo 8 Despedida

A la mañana siguiente, con mis maravillosos horarios, soy de los primeros en bajar al restaurante del hotel. Sentados en la barra que daba a la calle, viendo la gente pasar, los japoneses leían sus periódicos y tomaban sopa de miso y arroz con soja mientras yo, tomando una sopa de miso tras otra, y comiendo un bol de arroz tras otro, no dejaba de mirar a la calle, pensando si alguna vez volveré por allí, intentando grabar todo lo que pueda en mi retina. Es una cosa que llevo haciendo desde que cogimos el tren en Miyajima la mañana anterior: Es una especie de despedida larga y ceremoniosa.

Cogemos un taxi para ir a la estación de metro más cercana. El taxista es una joya, como todos: Con sus guantes blancos, el taxi impoluto y lleno de cosas hechas a ganchillo, algo que nos sorprendió a todo porque se los hacen sus señoras o los compran hechos? Nuestro taxi ha añadido al kit una pantalla multimedia que reproduce anuncios. Uno nos impacta: Es un chico triste, solo fane y descangallado. Esta solo en las fiestas y nadie habla con él. Tiene problemas de espacio en su disco duro. Hasta que le implantan, lo juro, tres discos duros en el cerebro y desde entonces como que es otra persona.

Llegamos al metro en hora punta. Hay que hacer cola para subir a los andenes y luego ponerse en las marcas del suelo, haciendo fila, para esperar a que salgan los del tren que llega. Después cruzas los dedos y te dejas llevar, que la marea humana te empuja y arrastra hasta que acabas encajado en cualquier sitio. Aquí la gente lo lleva de lo más normal, aunque es agobiante.

Y luego todo va rápido: Llegada al aeropuerto, subida al avión, despegue y marcha. Como viajamos de día, y volamos en una franja de día perpetuo mientras la oscuridad va por delante y por detrás nuestro, todo tiene un punto surreal. Las ventanillas del avión son bajadas por los azafatos y cae la oscuridad, sólo punteada por la gente que lee o la que, como yo, no puede dormir y ve una película tras otra.

En un momento dado voy a la parte trasera del avión. A través de la ventanilla se ve una luz de un blanco intenso. Me asomo y me quedo sin habla: Estamos pasando por una zona ártica. Allí abajo sólo se ven inmenso bloques de hielo, hasta donde abarca la vista, con inmenso precipicios, grietas.

Cuando vuelvo a mi asiento, en la oscuridad del avión, no puedo dejar de pensar que todo lo ocurrido los últimos días tiene un aire de sueño que me confirma esa imagen blanca del exterior.

Y no sé si algún día volveré a Japón o no… Ojala.

Sayonara.

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